Últimamente a la gente de mi alrededor le ha dado por casarse. No puedo ocultar un pensamiento triste por el hecho de compartir generación con esas personas en edad de merecer y uno alegre por saberlos contentos de realizar tan ¿singular? ceremonia.
Por ello hoy quería hablar de las bodas (y no temáis...):
En el siglo XVI los Austrias enseñoreban sus pendones por media Europa y América. La gente miraba bulliciosa ante las expectativas ofrecidas por el este siglo viejo que prometía prosperidad. En este siglo de incipiente renacimiento español, las familias hidalgas se tomaban muy en serio el asunto de los esponsales. Les iba la vida en ello, y si no la suya sí la de sus vástagos.
Encontrar un buen casamiento no era tarea fácil pues en aquellos tiempos la vida era dura de verdad y un buen marido o una buena mujer de la familia adecuada podía suponer la subsistencia o la mejora en la calidad de vida de uno.
Tanto es así que el proceso de casamiento se estructuraba en tres partes, señalando así la importancia del momento: capitulaciones, desposorios y velaciones.
Las capitulaciones consistían en la reunión de los ascendientes de los futuros cónyuges de modo que se negociaran las condiciones de la unión (dotes, rentas, cargos, títulos, ventajas, privilegios, etc). Digamos que era la firma del contrato y como tal dicha reunión terminaba con la emisión de un documento firmado por ambas familias donde se comprometía a los hijos a casarse con unas determinadas condiciones pactadas. Eran negociaciones que podían llegar a ser duras, en las que no intervenían los propios implicados (normalmente menores de edad) y de las cuales dependía en gran medida el bienestar, sobre todo económico de los futuros contrayentes. Con las capitulaciones una familia se aseguraba "la vez" frente a otros pretendientes.
Los desposorios consistían en un encuentro entre los jóvenes casaderos a modo de presentación (sí, podían no haberse visto nunca) y/o pedida de mano, en el que se oficializaba el compromiso.
Las velaciones hacen referencia a la ceremonia religiosa de la velación, en la que se celebraba la boda propiamente dicha, con su propia formulación, tendiendo un velo por encima de los contrayentes. Tras esto se procedía a la consumación del matrimonio, sin la cual podía llegar a ser considerado nulo. La ceremonia no podía realizarse en tanto en cuanto los contrayentes fueran mayores de edad según el derecho canónico (14 años en las mujeres y 16 en los hombres).
Fue esta la formulación que siguieron muchos nobles españoles como la entonces niña Dña. Ana de Mendoza y de la Cerda y el Ministro del Rey D. Ruy Gómez de Silva (24 años mayor que ella), garantizando rentas para el matrimonio, cercanía a la corte para ella, emparentando con los Mendoza él y cimentando una de las familias más prósperas del siglo.
Para más datos, estos señores fueron los Principes de Éboli.