Roma se desnuda ante Numancia
En el año 137 a.C., en pleno conflicto bélico de la todopoderosa Roma con las tribus autóctonas de Hispania por el control del territorio, tuvo lugar un episodio más del memorable asedio a la ciudad de los Arévacos, Numantia (Numancia, Garray en Soria).
El Senado romano no podía tolerar semejante descrédito provocado por la afrenta que suponía que unos grupúsculos de aborígenes incivilizados les hicieran frente en Hispania. Numancia, una y otra vez asediada repelía todos los ataques y Roma se sonrojaba de vergüenza. Comenzaban a correr leyendas entre el pueblo llano romano de la invencibilidad de los celtíberos, de su capacidad para caer sobre las legiones en emboscadas y luego desvanecerse como fantasmas. Los ciudadanos de la ciudad más luminosa del Mundo Antiguo comenzaban a rechazar el alistamiento a las legiones para evitar ser destinados a las guerras numantinas. La situación era insostenible, con lo que en el año 137 a.C. fue nombrado cónsul y enviado a la Península Ibérica Cayo Hostilio Mancino, quien dirigió sus legiones directamente contra Numancia.
Durante la travesía por tierras peninsulares tuvo el infortunio de que entre sus tropas se instaló el rumor de que un inmenso ejército de guerreros ibéricos compuesto por vacceos y cántabros acudía al auxilio de los arévacos de Numancia dirigiéndose a cortar el paso a las legiones del nuevo cónsul. Vaciló Cayo hostilio y tuvo miedo a la derrota, por lo que decidió replegarse hacia el Valle del Ebro. Los Numantinos, que estaban al tanto de tales maniobras, vieron espoleado su espíritu combativo ante esta retirada poco valiente y salieron a perseguir a las legiones que se batían en ordenada retirada. Les dieron caza en un lugar llamado Torre Tartajo (Renivelas) y entonces cundió el pánico entre los legionarios de Hostilio.
Ya se daban por "despachados" los romanos cuando los líderes numantinos decidieron poner fin a esta agotadora guerra proponiendo un pacto en igualdad al infeliz Cayo Hostilio Mancino. Supongo que los numantinos debieron pensar que ya bastaba de vivir para la guerra, de ser saqueados y devastados por los legionarios todos los años y que masacrar a las legiones ese día no haría más que enfurecer al obstinado Senado romano, el cual enviaría más y más tropas, sin límite. El caso es que el pueblo arévaco perdonó la vida de miles de hombres que eran sus enemigos a cambio de que les fuera concedido un "foedus aequum" (feudo en el que se reconocía la independencia de Numancia en términos de igualdad con Roma). El cónsul Hostilio tuvo que aceptar todas estas condiciones para salvar su pellejo (no creo que otro general romano consintiera una afrenta de ese calibre. Antes se hubiera hecho matar en una batalla honrosa).
Volvió a Roma el cónsul, donde explicó al Senado lo acontecido y las nuevas condiciones firmadas con Numancia. Supongo que ya imaginaréis la respuesta de Roma que era de todo menos humilde y no solía tender a respetar más que los tratados que la beneficiaban. Rechazó el pacto con Numancia y para hacer ver a los numantinos que aceptaban la derrota pero no la rendición que suponía el pacto de Hostilio, llevaron a éste ante las puertas de Numancia, desnudo y con las manos atadas a la espalda, entregándoselo, para que dispusieran de su vida a su antojo...
Así permaneció el desafortunado cónsul durante un día completo ante las murallas de la ciudad celtíbera, ante la perplejidad de los numantinos que no querían ni mucho menos matar a ese hombre indefenso.
Esta es la historia de cómo Roma traicionó un tratado de paz que hubiera permitido la existencia de Numancia y tuvo que desnudarse ante tal ciudad, en los años previos a vencerla definitivamente.
Cayo Hostilio Mancino volvió a Roma deshonrado, fue desposeído de su ciudadanía, recuperándola años después. Cuando la vida le sonrió algo más y pudo establecerse económicamente, construyó una estatua donde aparecía desnudo, en recuerdo del día más aciago de su vida ( tuvo que pasar un rato de frío ante las puertas de Numancia. Desnudo y en Soria...)

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